El dañino mito de los alimentos “buenos” y “malos”

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La forma en que hablamos de comida no se trata sólo de nutrición; está profundamente ligado a cómo nos vemos a nosotros mismos. Durante años, la sociedad ha etiquetado casualmente ciertos alimentos como “buenos” (frutas, verduras) y otros como “malos” (postres, snacks procesados). Esta moralización aparentemente inofensiva tiene un efecto tóxico en la imagen corporal y la salud mental.

Por qué esto es importante: Asignar moralidad a los alimentos no se trata solo de una cultura dietética, sino de prejuicios sociales más profundos. Este lenguaje refuerza la gordofobia, los patrones alimentarios desordenados y la culpa innecesaria por comer.

Las raíces de la moralización alimentaria

La idea de que algunos alimentos son “virtuosos” mientras que otros son “pecaminosos” no es un fenómeno natural. Es una construcción históricamente vinculada al sesgo anti-gordo. Como explica la psicoterapeuta Paula Atkinson, la creencia de que “un buen ser humano es aquel que mantiene su cuerpo pequeño” alimenta esta categorización dañina.

Este sesgo no es nuevo. La socióloga Sabrina Strings remonta sus orígenes al colonialismo europeo de los siglos XVII y XVIII, donde la gordura se vinculaba falsamente con la inferioridad racial y la falta de autocontrol. Este contexto histórico revela cómo la moral alimentaria siempre ha girado en torno al poder, el control y el juicio.

El impacto en la salud mental

Cuando la comida se convierte en una cuestión moral, genera vergüenza y culpa. Jillian Lampert, dietista registrada, señala que esto puede provocar trastornos alimentarios, ansiedad y una imagen negativa de uno mismo. La obsesión por una alimentación “limpia” puede incluso manifestarse como ortorexia, una fijación poco saludable por los alimentos “puros”.

No se trata sólo de elecciones individuales. Otros factores más allá de la dieta (genética, condiciones socioeconómicas, acceso a la atención médica) desempeñan un papel muy importante en la forma y el tamaño del cuerpo. Como señala la dietista Lindsay Wengler, dos personas pueden comer de la misma manera y aun así tener cuerpos diferentes. La idea de que la moral alimentaria trata de fallos personales ignora estas realidades más amplias.

Liberarse de lo binario

La solución no es una dieta más estricta; es un cambio de mentalidad. El primer paso es darte permiso para comer lo que quieras sin juzgarte. Concéntrese en cómo le hacen sentirse los alimentos en lugar de etiquetarlos como “buenos” o “malos”.

Sin embargo, los cambios individuales no son suficientes. Los mensajes tóxicos sobre los alimentos y los cuerpos están omnipresentes en la publicidad, las redes sociales e incluso en los sistemas de salud. El cambio real requiere cambios sistémicos en la forma en que hablamos de alimentos y cuerpos.

Conclusión: La comida es combustible, placer y cultura, no una prueba moral. Al rechazar el marco “bueno” versus “malo”, podemos avanzar hacia una relación más saludable con la alimentación y con nosotros mismos.